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La Coctelera

THE PASKIN, UN DIARIO DELIRANTE Y DE MALA LECHE

PARA PONERNOS DE RODILLA NOS TIENEN QUE CORTAR LAS PIERNAS

19 Agosto 2007

A MODO DE EDITORIAL

POLÍTICA, ECONOMÍA Y ÉTICA

La propuesta de establecer un salario ético es una nueva muestra de la inmadurez que caracteriza el debate nacional, porque todos están de acuerdo en que una familia no puede vivir en condiciones dignas con el nivel fijado para salario mínimo de 144 mil pesos, y sin embargo no se logra una solución al respecto y además no se reconoce que el fondo de la discusión no es el salario mínimo sino la verdadera colisión que se genera entre la política y la economía.

Cuando irrumpió el régimen militar y Sergio De Castro, con el respaldo de Pinochet, adoptó las tesis económicas de la Escuela de Chicago, se resolvió al mismo tiempo que la economía tendría preeminencia sobre la política, y ello ha permanecido sin variación desde entonces, a pesar del discurso social de la Concertación.

La economía tiene como propósito optimizar el uso de los recursos, y considera por lo tanto al ser humano como un insumo más en el proceso productivo. La política, en cambio, debe tener como objetivo el bien común, y desde esa perspectiva debe privilegiar la satisfacción de las personas, incluso en contra del racionalismo de la economía. Si el mercado señala, por ejemplo, una tarifa determinada para las cuentas de electricidad, el político puede asumir que miles de hogares no pueden pagar ese precio y determina la implementación de subsidios.

Lo mismo ocurre con el salario mínimo. El mercado naturalmente no hará nada por elevar los sueldos, en especial en un país como Chile en que el nivel de capacitación de los trabajadores no es alto, pero el gobernante sabe que requiere los votos de la mayoría para mantener el poder, y está obligado por lo tanto a mejorar las condiciones de vida de las personas.

Es preciso hacer constar además, para los propósitos de los discursos de cada sector, que la economía carece de ética por la simple razón de que no tiene relevancia en la producción y, por el contrario, puede representar costos que no traen ventajas aparejadas. Para el político, la ética tiene un claro valor electoral, pero cuando decide privilegiar la economía por sobre la política está renunciando al factor de la ética y se le moteja como un “tecnócrata”.

Por ello, cuando se habla tanto del salario ético sin que se tome una decisión, es legítimo sospechar que no hay una verdadera intención de cambiar este esquema en el que manda la regla económica sobre el realismo político.

Finalmente, hay que destacar que el empleo del término “salario ético” es un eufemismo similar al que se emplea para referirse a los vagabundos como personas “en situación de calle” o el más gracioso sinónimo de “evento” dado a los hoyos en las calles, y es un eufemismo porque lo que se debería decir es que se debe garantizar un salario decente, que es lo mismo que sostener que el actual salario mínimo es indecente.

ANDRÉS ROJO TORREALBA

PERIODISTA

09/9798239

afrojo@vtr.net

A MODO DE EDITORIAL N° 2
BREVÍSIMA DEFENSA DEL INFIERNO
POR MARIO ROBERTO MORALES

Siempre he desconfiado de quienes se indignan con estridencia ante la injusticia y de quienes se desgañitan protestando contra todo lo que está mal en el mundo. Las pocas veces que asistí a conciertos de "música de protesta", fui siempre presa de una irritación desbordada ante las excesivas pasiones hemoglobínicas y necrófilas que los cantautores derrochaban idealizando a los combatientes e instando a quienes no lo eran a unirse con esperanzado entusiasmo al carnaval de violencia de las luchas revolucionarias.

Lo mismo me pasa hoy día cuando recibo mensajes electrónicos de hombres y mujeres que se muestran indignadísimos ante las ablaciones de clítoris de las que son víctimas tantas mujeres en el cuarto mundo, ante los linchamientos de homosexuales y ante el racismo visto como ejercicio unilateral desde el poder hacia quienes lo articulan con su apoyo, su silencio o su indiferencia. Junto a la desconfianza que brota espontánea y sin trabas, me asalta asimismo un hondo desprecio hacia todas esas buenas conciencias que, parapetadas frente a una pantalla de computador residencial o de oenegé, expresan con chirriante desparpajo su impecable altruismo y su doliente virtud, escamoteando el putrefacto inmovilismo moralista que los empuja a financiar mediante tarjeta de crédito a un niño del tercer mundo, para expiar la incomodad que quizá les produzcan las conductas fraudulentas de su cotidianidad.

En su libro Ese maldito yo, Cioran deja caer un certero aforismo según el cual "cuanto más se ha sufrido, menos se reivindica. Protestar es una prueba de que no se ha atravesado ningún infierno".

Es obvio que el sufrimiento del que habla el aplastante pensador rumano está muy lejos de parecerse a la metódica expiación católica del pecado original (y otros pecados), y más lejos se encuentra aun de proponer un conformismo complaciente hacia el estatus quo vigente. Por el contrario, su concepto de sufrimiento tiene que ver más con la experiencia como criterio de verdad, con la vida asumida como lucha, como "infierno", como práctica y reflexión radicales, como responsabilidad histórica y como riesgo. Un sufrimiento tal es el que nos fortalece para ser capaces de sacrificar ese otro sufrimiento chantajista de la culpa y el arrepentimiento maniqueos. En ese sentido, no hay duda de que quienes no tienen la suficiente entereza para vivir de esta manera, necesitan con desesperación compensar esa carencia con sustitutos que puedan aplacar el esporádico cuanto incómodo aguijón de la conciencia crítica, adormeciendo aplicadamente la eventual lucidez que les permitiría verse al espejo como lo que realmente son.

De aquí que los moralistas, los protestadores de oficio, los indignados de siempre, sean seres enmascarados detrás de cuyo disfraz sólo hay un esqueleto moral, una piltrafa ética, un desecho de lo que alguna vez pudo ser en ellos eso que llamamos vida. Estos cadáveres caminantes que ignoran que están muertos son los que en esta era posmoderna constituyen las vidas ejemplares de las más conspicuas progresías del mundo, atrapadas como se hallan entre los financiamientos que eximen a las corporaciones transnacionales de pagar impuestos, y una mala conciencia resultante de su inexcusable inmovilismo cobarde. Estas progresías son también las que han convertido a los movimientos emancipadores en vistosas galerías de personajes de opereta, que ponen en escena las divertidas farsas de la "corrección política", la moral farisaica y la cobardía elevada a las mareantes alturas de la "autoridad" severa y bienpensante.

Por todo lo dicho, el replanteamiento de cualquier utopía emancipadora y de cualesquiera estrategias de lucha reivindicativa, pasa por la eliminación de estos tumores políticos, los cuales han usurpado el lugar que una vez tuvieron los luchadores sociales, hoy convertidos en iconos del heroísmo y el martirologio que tanto seducen a los culposos intermediarios entre las corporaciones que buscan financiar lo que sea para evadir impuestos en el primer mundo, y los pueblos que de esta manera se sumen en la degradación moral del victimismo y la medicidad sistemáticos, convertidos por arte de magia en virtudes "revolucionarias".

La única consigna válida resulta ser, pues, atravesar el propio infierno asumiendo las consecuencias de la acción crítica y radical. Y no quedarse en la puerta de entrada exhortando a los demás a pasar adelante, con esa ancha sonrisa cínica que se vuelve máscara en el crispado rostro de los farsantes.

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