A MODO DE EDITORIAL
Y SIN EMBARGO SE MUEVE
Cuando Galileo fue procesado por sostener la temeraria afirmación de que
Muchos años, demasiados años después,
Algo similar ocurre en Chile. Los ministros tratan de negar la realidad, pero sin embargo esta ocurre. Se dice que no existe fundamento para el alza del pan, y sin embargo sube el precio del kilo; se afirma que después de los primores de los productos agrícolas debería bajar el precio de las verduras, y sin embargo no bajan; los contratos del Transantiago se modificaron y sin embargo no circulan todas las micros comprometidas; se sostiene que la situación en la salud pública está controlada y que las críticas obedecen a versiones manipuladas de la prensa, pero las imágenes de ancianos esperando por horas una atención de urgencia parecen reales.
A propósito de la salud, la propia Presidenta reconoció que algunos cercanos a ella -“amigos”, dijo- eran críticos de lo que está ocurriendo, pero explicó que ello se debía a un fenómeno mediático. Es culpa del empedrado, en otras palabras, cuando no se quiere reconocer lo que la autoridad espera que se crea. Incluso
Es verdad, por otro lado, que se ha hecho mucho por la salud, del mismo modo que se ha avanzado mucho en otros ámbitos. El problema para el pesimista es que no importa el camino recorrido sino el que falta por recorrer, y es sabido que los chilenos tenemos cierta tendencia al pesimismo y ese es un elemento que debería ser considerado por las autoridades al momento de argumentar su visión de la verdad.
Si además aparecen algunos diputados proponiendo un incremento del 78 por ciento para la asignación de arriendos y telefonía, la distancia entre el público y las autoridades se incrementa y se hace más difícil aún convencer a la gente de la verdad oficial. Así como Galileo insistió en que la tierra se movía, la masa que es la ciudadanía cree que “cuando el río suena, es porque piedras trae”, es decir que siempre se supone una doble intención que impide la confianza.
A MODO DE EDITORIAL 2Será muy difícil para los científicos y los líderes morales convencer al mundo y, en particular, a nuestro país, de los riesgos de la sociedad de consumo y de la falta de equidad social. La economía global sigue en una desenfrenada carrera por producir en desmedro, incluso, de las reservas naturales, los equilibrios medioambientales y la paz social. La ideología vigente funda el progreso en la posibilidad que la inversión obtenga los mejores dividendos y el lucro sea el principal incentivo.
El ideal de la empresa neoliberal es que sus acciones se trancen mejor en las bolsas y su eficiencia finalmente se mida en la posibilidad de obtener ganancias al menor costo, es decir contratando la mínima mano de obra, reprimiendo al máximo el salario y eludiendo lo más astutamente posible los impuestos.
Las millonarias utilidades reveladas por nuestra cuprífera estatal son menoscabadas por algunos análisis económicos por el alto costo de su proceso extractivo comparado con el rendimiento de otras mineras privadas que, por supuesto, ofrecen menos mano de obra y otorgan menos regalías a sus empleados y obreros. En el balance, pocos han celebrado que esta empresa entregue sus utilidades al fisco, mientras que las de
El éxito empresarial depende de que alcancemos satisfacción en el consumismo desenfrenado. A ello sirven los grandes medios de comunicación, cuya programación se orienta básicamente a propiciar la cultura del consumo y el incentivo social perverso de que “soy más mientras más tengo y me distingo del resto”. “Los ricos existen porque existen los pobres” nos han advertido los obispos latinoamericanos, en un diagnóstico certero de las agudas diferencias sociales que exige la economía neoliberal que nos rige. La felicidad se compra con dinero se nos advierte desde la infancia cuando derechos tan esenciales como la educación dependen del bolsillo de los padres, más que del imperativo moral del Estado. En la sociedad del hedonismo, de la farándula política y mediática, del debilitamiento extremo de los valores humanistas y solidarios, sólo una hecatombe social o un milagro nos hará asumir lo que esos científicos y otros visionarios advierten con vehemencia: la imperiosa necesidad de frenar el consumo, cuidar la naturaleza y descubrir la felicidad en la vida sencilla, la satisfacción universal de las necesidades básicas y el logro de objetivos espirituales e intelectuales. Imposible no ser catastrofista si hasta los partidos políticos y otros referentes que fueron importantes han renunciado a sus identidades doctrinales, derivando en asociaciones dominadas por el dinero de sus caudillos, el afán de poder de sus cúpulas y la candidez de sus militantes.
Perversidad de un modelo que ya sabe que, aunque pueda y quieran los gobernantes, es necesario que los ricos ganen más y los pobres se conformen con su suerte o la ilusión irrealizable de su redención. Otra vez es la propia ciencia la que nos advierte que si, de pronto, todos los habitantes del planeta consumieran como los estadounidenses, el Planeta colapsaría en cuestión de meses. De allí, entonces, que a las naciones del Primer Mundo le aterre la posibilidad que China crezca a índices mayores que las potencias y reparta con equidad los bienes y servicios en su gigantesca población.
De esta forma, resulta criminal mantener una actitud pusilánime frente a una estrategia económica que viola la dignidad de los trabajadores, legitima a los multimillonarios y tolera la concentración de la riqueza. Hacer caso omiso de fenómenos tan preocupantes como el cambio climático y otras consecuencias del ecocidio.De allí que el derecho de rebelión de los oprimidos y marginados no sólo sea justo, sino ético y urgente.

Truko dijo
Srs.:
Acierta en exacta medida J.P. Cárdenas en su artículo. Ya algunos
personeros de iglesia (algunos, pues la mayoría pareciera les gusta seguir el modelo de la famosa caridad cristiana y el limosneo adormecedor de conciencias del poderoso y del irresponsable que luego se queja que existe
"el peligro" de que se subleven los rotos... )están levantando la voz por la escandalosa inequidad y la promoción del consumismo salvaje. Creemos que es tiempo de dictar la correcta normativa para que la riqueza que provee nuestra naturaleza se reparta entre todos y como decimos los ambientalistas ,sin dañarla porque si se daña ya no tendremos de donde sacar. ¿Servirá de algo tanto convenio con países ricos si no se observa en
nuestros hogares ese supuesto beneficio y sí se ve en el aumento de la riqueza de pocos : mucho deporte extremo, mucho destrozo de vehículos
motorizados en absurdas carreras, mucho viaje al extranjero sin promover
como corresponde el turismo interno ya que tenemos uno de los países
más hermosos del planeta , pero que no está al acance de los propios chilenos?
No creo podamos confiar en la derecha, sólo está tras el poder y el dinero... ¿y la concertación, detrás de qué está...?
4 Septiembre 2007 | 03:41 PM