ROBERTO ÁVILA TOLEDO

Su cuenta corriente también rebosaba. Vivía en un barrio en que la Plaza Italia sólo le recordaba la canción de Serrat, el sur también existe. Con el pelo largo y canoso había aprendido la épica del golf y el olimpo empresarial le llamaba un hombre de estado. Tenía su mujer, la tercera, y su amante, ellas también, por esto de la igualdad, los principios no están olvidados.


Los hijos de estas ya en estado de percibir, no digamos de trabajar, estaban en las comisiones de tri, cuatri y quinto centenario. Y en la comisión sobre la importancia de la harina tostada en el marco de la cooperación sur sur en un mundo globalizado había puesto a la hija de su prima, una muchacha de tan intensa alternatividad no aceptaría otra problemática en el ámbito de la cooperación entre lo público y lo privado.

Ahora a su prima le decían Pichita para no evocar los tiempos en que vendían ají cacho de cabra en una pilastra en la Vega.

Se restregó en el asiento de cuero del Mercedes Benz fiscal y su pensamiento ya sin ataduras de este mundo de necesidades voló con libertad. Quien escribió que lo importante era ser otro, Rimbaud o Baudelaire?

No lo recordó de inmediato, había que recurrir a la nemotecnia. Ah, quien es el otro?

Miró a través del vidrio polarizado, iban justo frente a la Estación Escuela Militar del Metro, seis de la tarde, y estaban allí, los otros, con sus mochilas con martillos, serruchos y choqueros para el té. Aunque nunca se recibió de sociólogo, a pesar de lo que decía su página Web en Internet, su aproximación fue desde allí. Ah, sujeto residual de la modernidad, que harán allí con el ceño fruncido y tan apiñados? Le recordaron también a su tío el Peyuco. Ese tío olvidado pero cuya evocación le resultaba tan conveniente en las internas partidarias.

Se le vino el mundo encima. Y si estos se enojan? Pero que, si son las externalidades inevitables de la modernidad. Si tuvieran autos sería distinto, que culpa tenemos nosotros, así es la vida siempre hay lost y winner.

Ahí el paranoico que todos llevamos dentro se desplegó como un gigante. Podemos perder las elecciones se dijo, bah, las elecciones no eran lo importante lo grave vendría después.

Un escalofrío similar sintió Luis XIV al saber de La Bastilla.

Ya su espíritu no tuvo sosiego, no imaginó el invento del Dr Guillotín, sino algo peor, comprando El Mercurio, pero no para leer el cuerpo de Reportajes, sino para buscar una peguita como un lost cualquiera.

Tuvo una náusea similar a la que le producía cantar la Marsellesa plagiada esa con el puño en alto en esos rituales atávicos.

Quiso calmarse, le pidió al chofer encender la radio. Otra imagen, sacando sus fotos en Roma, París y Londres y echándolas en una cajita de cartón el día antes de la nada, cuando la suerte ya estuviera echada. Porque no seguir, si hace falta tanto por hacer.

Después de la debacle la nada. Todo habrá sido una ilusión, el golf, las páginas sociales, el encuentro en la Enade, es un soplo la vida, la vida no vale nada. La visión se transformó en pesadilla quizás hasta llegaran al gobierno los socialistas.

Miró por la ventana nuevamente y se preguntó, quien soy? Tocó su billetera y aún estaba ahí.