TERCERA PARTE Y FINAL
ASCANIO CAVALLO Y MARGARITA SERRANO
11.15 horas, Academia de Guerra Aérea, Las Condes
Lo que ocurre en la Fach es que los Hawker Hunter están retrasados. Ante las postergaciones que se les han pedido, han tenido que extender sus vuelos, y ahora están con problemas de combustible. Para recargar, se han desviado a la base de Los Cerrillos, y los oficiales tratan de explicarle a un severo general Leigh que los problemas serán superados con la mayor diligencia.
Hasta tratan de atenuar la ira del jefe con un dato incorrecto: 15 minutos más. En realidad, serán 40. A Leigh le cuesta distinguir si siente más enojo por el retardo de sus hombres o por tener que admitirlo ante Pinochet.
Y no le falta razón. Pinochet disimula mal su molestia por esta falta de aplicación de la Fach. Si el general Leigh ha estado protestando por las treguas solicitadas para las mujeres y los parlamentarios, ¿cómo es posible que ahora interrumpa las operaciones? Los comandantes en jefe han fijado una hora para el ataque; es un síntoma peligroso que no la cumplan.
Por tanto, ordena a Brady que las tropas de tierra descarguen su máximo poder de fuego sobre el Palacio, empleando los blindados, la artillería y los cohetes.
La fachada norte se estremece ante la lluvia de proyectiles de grueso calibre. Más de 50 obuses la golpean en los siguientes 30 minutos.
En el balcón del gabinete del Presidente, en el segundo piso, el miembro del GAP Antonio Aguirre se tiende tras una ametralladora .30 y comienza a disparar contra el tanque y los soldados situados en Teatinos. Los militares ubican visualmente la posición de la ametralladora y concentran el fuego sobre esa ventana. Unos minutos después, Aguirre recibe varios impactos. La ametralladora deja de funcionar. (Aguirre será uno de los dos heridos que sacarán del Palacio al término de la batalla).
El detective Quintín Romero, que presencia la escena, siente sonar el teléfono. Es un ruido extemporáneo en el vendaval de balas que se incrustan en el despacho. Arrastra el auricular y atiende. Es Hortensia Bussi, que quiere saber de su marido y avisarle que se prepara para salir de la casa de Tomás Moro. Romero le dice que el Presidente está bien.
-Cuídenmelo mucho -dice ella.
11.30 horas, La Moneda
El ex ministro del Interior y de Defensa José Tohá, que hasta hace días se preciaba de su amistad con Pinochet y su esposa, llama al edecán Badiola y le pide que transmita a sus superiores la necesidad de suspender el bombardeo aéreo mientras él y otros altos funcionarios tratan de convencer al Presidente de que deponga las armas. El almirante Carvajal traslada la propuesta a Pinochet:
-El comandante Badiola está en contacto con La Moneda -explica-. Le va a transmitir este último ofrecimiento de rendición. Me acaban de informar que habría intención de parlamentar.
-No, tiene que ir a La Moneda él -dice Pinochet, tomado por sorpresa-, con una pequeña cantidad de gente...
-...se retiraron, pero ahí...
-...al Ministerio, al Ministerio... -corrige Pinochet.
-...que estaba ofreciendo parlamentar -dice Carvajal, entrecortadamente.
-Rendición incondicional -precisa Pinochet-: ¡Nada de parlamentar! ¡Rendición incondicional!
-Bien, conforme. Rendición incondicional, y se lo toma preso, ofreciéndole nada más que respetarle la vida, digamos.
-La vida y su integridad física, y en seguida se le va a despachar para otra parte.
-Conforme. Ya... o sea que se mantiene el ofrecimiento de sacarlo del país.
-Se mantiene el ofrecimiento de sacarlo del país -corrobora Pinochet-. Pero el avión se cae, viejo, cuando vaya volando.
-Conforme, conforme -replica Carvajal, sin contener la risa-. Vamos a proponer que prospere el parlamento.
Los diez minutos siguientes permanecerán, 30 años más tarde, en una confusa amalgama que envuelve a José Tohá, al ministro Fernando Flores, al almirante Carvajal y a los generales Baeza y Díaz Estrada en caóticos y urgentes llamados telefónicos.
Los ministros y el subsecretario se reúnen con el Presidente. Su intención es convencerlo de que pacte un cese al fuego. Pero Allende no cede. Agradece los buenos deseos, aunque estima que no lo comprenden. No hay más que hablar.
Sin embargo, los altos funcionarios prosiguen los esfuerzos por su cuenta.
Tohá insiste en pedir una postergación del bombardeo. Según algunas versiones, Carvajal llega a proponerle que ellos apresen al Presidente y lo obliguen a rendirse (27) .
En paralelo, Flores llama al general Díaz Estrada para plantear una negociación. Al fin, los ministros concuerdan en que el general Sepúlveda pacte la rendición.
El hecho seguro es que poco después, Carvajal le anuncia a Pinochet que Sepúlveda está en camino al Ministerio de Defensa. Desde el edificio Norambuena, el general Yovane ordena que tres tanquetas recojan a Sepúlveda en Morandé 80. El cerebro de la insubordinación policial protege al jefe que ha depuesto; tal como antes ha hecho con el general Urrutia, al que le ha pedido salir de La Moneda porque sería bombardeada, ahora cautela la integridad física de su derrotado superior.
Y mientras las balas silban a su alrededor, el general de Carabineros aborda uno de los blindados policiales, que parte a toda velocidad hacia Alameda. Con mala suerte: en la esquina de calle Manuel Rodríguez se enfrenta a un tanque y un destacamento del Ejército que casi lo atacan. Tras consultar al general Arellano, los militares dejan pasar a los vehículos, que llevarán a Sepúlveda no hasta el Ministerio de Defensa, sino al Club de Oficiales de Carabineros, a unas siete cuadras del Palacio presidencial. Arellano increpará más tarde a Yovane por esta peligrosa descoordinación (28) .
Pero el bombardeo ya no será detenido. Los que permanecen en La Moneda buscan refugios. Puccio, que vivió en Alemania durante el nazismo, aplica su experiencia; se instala con su hijo en una caseta del primer piso, cerca de Morandé, calculando que las bombas caerán por el norte o el sur, no por los costados. A un lado de la caseta se encuclilla un GAP. Al frente permanece de pie, estoico como un árbol, el subsecretario Vergara.
Allende, el GAP, los detectives, "Coco" Paredes, Jaime Barrios, Arsenio Poupin y el periodista Augusto Olivares se agolpan en un pasillo que conduce a las cocinas, sentados en el suelo. Barrios explica que hay que cuidarse de la onda expansiva.
Los médicos bajan al único subterráneo del lugar, un pequeño espacio usado como bodega. Advirtiendo que no hay cabida allí, el canciller Almeyda decide irse a su despacho, situado en el ala sur. Le siguen los hermanos José y Jaime Tohá, el ministro Briones, el fotógrafo jefe de la Oficina de Informaciones Adolfo Silva (que se ha pasado la mañana pidiendo, infructuosamente, una metralleta) y el ex ministro Aníbal Palma, que también ha sido subsecretario de Relaciones Exteriores. Este recuerda el archivo blindado del Ministerio.
Palma guía al grupo por los pasillos, hasta que encuentra a Ernesto Espinoza, jefe de personal de la Cancillería, que los lleva a los subterráneos. Todos están cerrados, salvo uno: el de las calderas. Es el lugar más explosivo de La Moneda, pero está bajo tierra. Tiene un teléfono que funciona. Y ya no hay más tiempo.
Arriba, muy arriba, a mil metros, dos Hawker Hunter hacen su paso de estabilización de norte a sur sobre La Moneda, rompiendo la barrera del sonido -la detonación hace pensar a muchos que se ha iniciado el bombardeo-, giran a la izquierda y retroceden tres kilómetros hacia el norte.
Ya están en el eje de ataque.
Citas
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1.- Según diversas fuentes, el plan contemplaba bombardear el puente de Lota si es que se enfrentaba resistencia organizada, de manera de aislarla de Concepción. CONSTABLE, PAMELA; y VALENZUELA; ARTURO: A nation of enemies. Chile under Pinochet. New York: W.W. Norton & Company, 1991, p. 18-19. 2.- PINOCHET, AUGUSTO: El día decisivo. Santiago: Andrés Bello, 1979, p. 128-129. 3.- VERDUGO, PATRICIA: Los zarpazos del puma. Santiago: Cesoc, 1989 (actualizada), pp. 50-53. 4.- El número es discutible; llegan a once si se consideran los de Barrancas (hoy Pudahuel), San Bernardo y el Centro. Los restantes: Panamericana Norte (o Renca), Conchalí, Mapocho-Cordillera, Estación Central, Cerrillos, San Joaquín, Vicuña Mackenna y Macul-Ñuñoa Centro. 5.- MARRAS, SERGIO: Palabra de soldado. Santiago: Ornitorrinco, 1989, pp. 17-24. 6.- LWHELAN, JAMES R.: Desde las cenizas. Vida, muerte y transfiguración de la democracia en Chile, 1833-1988. Santiago: Zig Zag, 1993, p. 459. 7.- "INFORME ESPECIAL": Cuando Chile cambió de golpe. Santiago: Televisión Nacional, 20 de agosto de 2003. 8.- LÓPEZ TOBAR, MARIO: El 11 en la mira de un Hawker Hunter. Las operaciones y blancos aéreos de septiembre de 1973. Santiago: Sudamericana, 1999, pp. 118-119. 9.- Whelan dice que este llamado lo recibió el edecán naval a través de su "teléfono verde", sobre la base de la versión que le entregó el propio Grez. Otros testimonios concuerdan en que el detective Romero tomó el auricular. WHELAN, JAMES R.: Desde las cenizas. Vida, muerte y transfiguración de la democracia en Chile, 1833-1988. Santiago: Zig Zag, 1993, p. 459. 10.- PAREDES, RAYMUNDO: Cuántas veces se puede matar a un hombre. Santiago: Ediciones B, 2002, pp. 55-56. 11.- HENRÍQUEZ, PATRICIO: 11 de septiembre de 1973. La última batalla de Salvador Allende. Montreal: Foca, 1998. Video VHS. 12.- VERDUGO, PATRICIA: Interferencia secreta. 11 de septiembre de 1973. Santiago: Sudamericana, 1998, p. 74-76. 13.- GONZÁLEZ, MONICA; y VERDUGO, PATRICIA: Chile entre el dolor... y la esperanza. Santiago: Alerce, 1999, edición en CD. 14.- Estimaciones de entrevistados que participaron en estos hechos llegan hasta 600 hombres, un número que parece abultado a la luz de las acciones posteriores. 15.- QUIROGA, PATRICIO: Compañeros. El GAP: la escolta de Allende. Santiago: Aguilar, 2001, pp 180-181. 16.- El hijo de "Coco" Paredes habla de "cuatro planes de evacuación" (aunque no los detalla) y sostiene que su padre sabía que sería casi imposible convencer a Allende de dejar el palacio. PAREDES, RAYMUNDO: Cuántas veces se puede matar a un hombre. Santiago: Ediciones B, 2002, p. 45. Quiroga sugiere que el Presidente lo descartó tras saber lo de los candados. QUIROGA, PATRICIO: Compañeros. El GAP: la escolta de Allende. Santiago: Aguilar, 2001, 181. Otro hombre cercano a Allende, el doctor Bartulín, ha dicho que no llegó a considerarlo. MARTINEZ, ANTONIO: 1973: el último hombre de La Moneda. Santiago: Diario La Época, 1º de abril de 1990. 17.- CASTILLO, CARMEN: Un día de octubre en Santiago. Santiago: LOM, 1999, p. 25. (Edición chilena de Un jour d'octobre à Santiago. París: Éditions Stock, 1980). 18.- POLITZER, PATRICIA: Altamirano. Buenos Aires: Ediciones B-Melquíades, 1989, pp. 47-49. 19.- WHELAN, JAMES R.: Desde las cenizas. Vida, muerte y transfiguración de la democracia en Chile, 1833-1988. Santiago: Zig Zag, 1993, p. 465. Este texto también consigna que en el hotel había 378 huéspedes, incluyendo a 37 periodistas extranjeros. 20.- Parte de esos textos se hallan en: GONZÁLEZ, IGNACIO: El día en que murió Allende. Santiago: Cesoc, 1990 (ampliada), pp. 206-207. 21.- Ramiro Sepúlveda, Nelson Henríquez y Carmen Torres. 22.- El doctor Soto dice que "lee", en contra de las numerosas versiones que hablan de improvisación. SOTO, OSCAR: El último día de Salvador Allende. Santiago: Aguilar, 1998, p. 75-77. 23.- VIO, VICTOR: Siempre leal al Presidente Allende. Santiago: Revista Cauce, 31 de agosto de 1987. En esta entrevista, el capitán Muñoz sitúa la salida de la guardia a las 14, aunque toda la evidencia documental señala que se produjo poco después de las 10.30. 24.- SOTO, OSCAR: El último día de Salvador Allende. Santiago: Aguilar, 1998, p. 80. 25.- SEOANE, JUAN: Testimonio, documento inédito. 26.- CHAVKIN, SAMUEL: Storm over Chile. Westport: Lawrence Hill & Co., 1982, pp. 29-30. El autor se basa en un relato de Frida Modak. 27.- WHELAN, JAMES R.: Desde las cenizas. Vida, muerte y transfiguración de la democracia en Chile, 1833-1988. Santiago: Zig Zag, 1993, p. 461. 28.- GONZÁLEZ, MÓNICA: La conjura. Los mil y un días del golpe. Santiago: Ediciones B, 2000, pp. 346-347. Por la ruta que siguieron las tanquetas, parece dudoso que el general Sepúlveda fuese realmente a negociar con los jefes militares. En conversación con Ascanio Cavallo en 1993, el general César Mendoza dijo que toda la operación tuvo por objeto rescatar a Sepúlveda de una muerte segura en el palacio, y en ningún caso de situarlo como un intermediario en el conflicto. |
EL ROSTRO DE LA DERROTA
Tras soportar el intenso bombardeo de La Moneda, el Presidente Salvador Allende parece resignarse a la idea que le plantean sus más estrechos colaboradores: no hay más alternativa que rendirse. Ordena a quienes permanecen en el Palacio que se preparen para desalojarlo, pero en vez de alistarse para salir se aleja de sus hombres, entra al salón Independencia, toma su fusil y se suicida.
11.52 horas
La Moneda, ala nororiente
El detective David Garrido se halla bruscamente suspendido en el aire; los tacos de sus zapatos vuelan en direcciones desconocidas. Osvaldo Puccio hijo se siente levantado por el suelo. El detective Quintín Romero ve aparecer una bola naranja en el cielo raso. En el campo visual del doctor Danilo Bartulín se esfuma el pollo que está echando a una olla, en la cocina del primer piso. El periodista Carlos Jorquera se entrevé rodando de un extremo al otro de un salón. El ex ministro Palma presencia el vuelo de los vidrios de las claraboyas del subterráneo. El doctor Guijón siente un ligero movimiento en el subterráneo, y luego un estruendo.
El primer Hawker Hunter ha lanzado sus cohetes a la altura de la Estación Mapocho y, al romper la barrera sonora, producen una explosión antes de que alcancen el portón principal de La Moneda y las oficinas laterales del primer piso. Un kilómetro más atrás -es decir, seis
segundos después-, el segundo avión incrusta los proyectiles en los techos del segundo piso.
Pasados los estallidos, Jorquera se incorpora y ayuda a Marta Silva, secretaria del Ministerio del Interior, que se escondió tras unos cortinajes cuando Allende ordenó salir a las mujeres. Con el fin de persuadirla, la ha llevado al segundo piso, y ahora corre con ella escaleras abajo. Llegan al pasillo donde está Allende, que ve lívido a su acompañante de tantas campañas parlamentarias:
-Nosotros no tenemos miedo, Negro, ¿no? -dice, con humor.
-No, Presidente, no tenemos. Lo que yo tengo es susto. Estoy cagado de susto...
Cinco minutos después regresan los aviones. Vienen con mejor ángulo de tiro, por lo que ahora sus proyectiles irrumpen en el segundo cuerpo del edificio, entre los patios de los Cañones y los Naranjos.
Otros cinco minutos, y tercer ataque. Uno de los cohetes rebota en una de las gárgolas del frontis y va a estallar en el segundo piso del ala sur, donde funciona la Cancillería. Unas voraces lenguas de fuego brotan desde el frontis y los techos. La bandera presidencial izada sobre la entrada principal cae en llamas.
En el cuarto ataque, que da de lleno sobre la fachada, una bola de fuego salta sobre la calle e incendia el auto estacionado del GAP Jaime Sotelo. Ya son las 12.08.
Los dos Hawker Hunter hacen una última pasada disparando sus cañones de 30 milímetros. Tras el último vuelo, un extraño silencio se produce en el centro. No hay disparos, no hay ruido de motores. Sólo el crepitar de las maderas y los latones, como la lúgubre sordina de la imagen más impensada de la historia de Chile.
Arde La Moneda.
12.15 horas
Tomás Moro
Un diezmado grupo del GAP trata de organizar la defensa de la casa presidencial. Quedan unos 15 miembros. Además, ha llegado un oficial del Ejército cubano, asignado al grupo de Liberación Nacional, del Departamento de Operaciones Especiales (DOE) del PC de ese país, que poco antes intentó entrar a su embajada y encontró la calle cerrada. Luego se suma una decena de hombres venidos desde El Cañaveral.
Francisco Argandoña ha dispuesto el plan de emergencia; lo acompaña Rafael Ruiz Moscatelli, que un par de meses antes ha sido llamado al GAP para poner orden ideológico en el confundido ambiente de los guardias, que oyen tanto a la dirección radicalizada del PS como al cauteloso Presidente. Ruiz Moscatelli no es un moderado -lidera la fracción del MR2, grupo escindido
del MIR-, pero sabe de disciplina. Y cuando el ex dirigente Jaime Sotelo le ha pedido ayuda, ha venido a imponer una ley de hierro: el jefe es el Presidente. ¿Que es burgués, moderado, reformista? No: es el jefe. Punto.
Los tiradores se distribuyen por el jardín, armados con AK-47. En la pequeña torre del convento de las Monjas Inglesas, que colinda con la parte trasera de la casa, se instala una ametralladora .30, operada por Félix Vargas y servida por Pedro Fierro.
Ambos forman la línea defensiva posterior cuando fuerzas combinadas de la Escuela Militar y de Carabineros se aproximan al sector. Un pequeño convoy de dos buses y un camión de la Escuela Militar ha sido recibido por una cortina de fuego a eso de las 12. Los soldados han tenido que buscar refugio en las calles vecinas. Mientras tanto, la policía ha estado cerrando las calles
de acceso, con la advertencia de que habrá un ataque aéreo. Pero ya es claro que no será fácil asaltar la casa.
Ante las apreciaciones de la fuerza instalada en Tomás Moro, el Puesto Uno de Peñalolén pide al Puesto Tres de la Escuela Militar que requiera un "ablandamiento" al Puesto Cinco de la Fach.
Como la capa de nubes está más cerca del suelo en esa zona que en el centro, el general Leigh ordena que la maniobra de ataque de los otros dos Hawker Hunter que integran la bandada venida desde Concepción sea guiada por un helicóptero.
12.25 horas
Cielo de Santiago
Los generales Leigh y Martini siguen el resultado de la operación aérea en La Moneda con la intensidad de una catarsis: la tensión acumulada por horas se libera por fin. En la hora anterior, los dos han esperado el ataque paseando por los patios de la Academia de Guerra Aérea, junto al coronel Julio Tapia Falk.
En un momento ha aparecido, agitado, el teniente Mario Ávila, con la instrucción de pedirle al comandante en jefe que facilite su helicóptero para sobrevolar a una concentración de pobladores que se ha detectado en la zona de Tabancura. Tras acceder Leigh, el teniente ha planteado un segundo problema: como es de Concepción, no sabe bien dónde se ubica Tabancura. El coronel Tapia se ha ofrecido a acompañarlo.
Tras cumplir su tarea, han volado hacia el poniente, hasta Plaza Italia. Allí, suspendidos sobre uno de los principales ejes viales de la ciudad, han contemplado el ataque de los Hawker Hunter a La Moneda. Un espectáculo alucinante, desde un palco insólito: la luz filtrada de la mañana en las alas de los cazas, las rayas que trazan los cohetes, las bolas de fuego, humo y escombros.
Al regresar hacia la Academia de Guerra, el teniente Ávila recibe una nueva instrucción: debe dirigirse a la casa de Tomás Moro y fijar el objetivo para los cazas que la bombardearán en unos minutos.
El helicóptero desciende y en cuanto se aproxima a la residencia es recibido por una cortina de balas.
El aparato se aleja a toda velocidad y pide autorización para regresar disparando; hará tres pasadas antes de irse.
12.30 horas
Tomás Moro
La defensa del GAP celebra su propia andanada y la presurosa huida del helicóptero. La orden es modificar las posiciones para los ataques siguientes. Desde el poniente aparecen dos Hawker Hunter en su pasada inicial de estabilización. El primero lanza sus cohetes contra
una estructura de concreto que al piloto le parece igual a la imagen aerofotogramétrica de la casa presidencial que le han entregado.
Pero se equivoca. Sus cohetes van a dar al hospital de la Fach. Para su fortuna (relativa), impactan en el segundo piso de un bloque en construcción, lo incendian y hieren a 14 personas. No hay muertes. ¡Pero es el propio hospital de la institución!
El segundo Hawker Hunter no comete ese error. Cuando tiene la casa en la mirilla, dispara una primera carga directamente sobre los techos.
El tiempo parece congelarse en el interior. Un cuadro de Guayasamín vuela desde el muro de una galería; en el comedor, otro de Matta se raja de extremo a extremo; dos armaduras medievales se diseminan en trozos por el recibidor; una flor de marfil regalada por Ho Chi Minh se parte en cuatro; y, bajo una mesa que no se desintegra, Hortensia Bussi aguanta la caída del cielo raso.
Sólo por unos minutos. Cuando pasa el primer ataque, el chofer Carlos Tello la saca por una puerta que da al patio de las Monjas Inglesas, donde ha conseguido situar un auto. Se oye el estallido de los cohetes de la segunda pasada del caza. Hará todavía dos más. Los hombres del GAP tratan de dañarlo con ráfagas anticipadas; pero la velocidad del aparato es excesiva. Aun así, una bala alcanza un estanque suplementario.
Mientras, Hortensia Bussi es conducida a la casa del economista Felipe Herrera. Desde allí llamará al embajador de México, Gonzalo Martínez Corbalá, que la dejará en la tarde bajo protección de su legación.
12.30 horas
La Moneda
En La Moneda, el grupo de defensores se reordena tras la conmoción del bombardeo. En el ala norte, centro del ataque, permanecen junto a Allende 67 personas: 20 funcionarios y asesores, 15 detectives, 8 médicos y 24 integrantes del GAP. Otras 9 han quedado aisladas en el ala surponiente. El Palacio está bajo fuego, pero desde fuera parece infranqueable; desde dentro, es como si se fuese a desplomar. Es lo que sienten los 76 individuos que se han quedado allí, con más arrojo que lucidez, a pesar de las variadas oportunidades para huir.
En medio del bombardeo, Coco Paredes ha llamado desde el subterráneo del Palacio al director de Investigaciones, Alfredo Joignant. Quiere saber si se ha contactado ya con Arnoldo Camú. Joignant asiente, mientras oye las explosiones. Le impresiona la sangre fría del Coco, que parece más preocupado de la organización del PS que de su propia vida.
Según acuerdo previo, Joignant debía enviar armas al jefe militar socialista en un caso como éste. Y, con la venia del subdirector comunista, Samuel Riquelme, ha despachado al detective Germán Contreras en el auto número 1, con algo más de 100 metralletas Walter, hacia Indumet. Contreras pertenece al grupo que los jefes denominan POM: "Patria o muerte", detectives leales hasta las últimas consecuencias.
Poco después, Joignant ha recibido un llamado de Allende; y le ha informado sobre las armas. El Presidente se ha indignado:
-¡Hay que saber morir como hombre, Alfredo! -le ha espetado, cortando luego el teléfono.
Joignant está seguro de haber cumplido con su deber. Sabe que no hay aparato armado con capacidad para contener un golpe conjunto de las FF. AA.; imagina que el esfuerzo de entregar a su partido equipamiento militar será inútil. Pero cumple un compromiso con la dirección.
Luego, él y Riquelme se irán del cuartel. Los policías no podrían resistir, y ni siquiera están seguros de que les obedecerían en caso de darles esas órdenes.
En vista de que los ocupantes de La Moneda no dan indicios de rendición, el general Baeza propone a los generales Brady y Arellano que se disparen bombas lacrimógenas. En cosa de minutos los soldados comienzan a lanzar las granadas sobre techos y patios; el escozor
del gas se agrega a la ya irrespirable amalgama de humo y polvo. Las máscaras antigás no alcanzan; Allende instruye que las usen quienes tengan más dificultades respiratorias; los demás, agáchense o tiéndanse: más cerca del piso se respira mejor.
En el Salón Carrera, que se usa para los consejos de gabinete, el incendio revienta las vitrinas. En una está el Acta de la Independencia, firmada en 1818 por O'Higgins. El funcionario de Interior Daniel Escobar la saca y la lleva a Allende. Este la entrega a Paredes.
El combate desde las ventanas del Palacio se reinicia con fiereza. Allende busca posiciones en distintos puntos del segundo piso y descarga su fusil-ametralladora. Tres miembros del GAP, Daniel Gutiérrez, Juan Osses y Osvaldo Ramos, llegan hasta la oficina de los guardias,
en la esquina de Moneda con Morandé, para frenar el avance militar con fusilería y un lanzacohetes. En cuanto se instalan, una ráfaga lanza hacia atrás a Ramos, ferozmente herido. Desde el norte, dos tanques se adelantan por Teatinos, empleando sus cañones.
Por el sur, donde avanza la Escuela de Suboficiales, las baterías del Tacna toman posiciones para bombardear la puerta del Palacio que da hacia Alameda.
Otra columna trata de cruzar desde Lord Cochrane hacia la vereda norte de la Alameda. La encabeza el sargento Ramón Toro, que tiene la reputación de un "supercomando". En la formación de la mañana, el sargento ha urgido a sus soldados a recordar las lecciones sobre combate de localidades, porque la lucha será dura.
Cuando inicia el cruce de la principal avenida santiaguina, recibe de lleno una ráfaga disparada desde el Ministerio de Obras Públicas, casi dos cuadras más allá.
Es el fuego del AK-47: rápido, extenso, mortífero.
12.45 horas
Tomás Moro
Los hombres del GAP tratan de reagruparse en el jardín de la devastada residencia de Tomás Moro. Hay dos heridos, y muchos golpeados y con traumas acústicos. El arsenal disponible en la casa queda parcialmente bloqueado en el estacionamiento.
Poco antes del raid aéreo ha llegado el segundo hombre de Pincheira, Oscar Landerretche, que ha recibido en la mañana la instrucción de conectarse con Arnoldo Camú; y de éste, la orden de cargar todo el armamento que pudiese, retirar a los GAP de Tomás Moro y dirigirse al Hospital Barros Luco. Después de sacar armas pesadas de un barretín de calle Ñuble, el militante se ha
visto envuelto en el caos del bombardeo y ahora que ha concluido sólo quiere cumplir con su misión.
Tras unos minutos, los jefes del GAP deciden que los militares no han planeado el asalto tras el bombardeo. No se divisan movimientos en las cercanías, aunque sí un cerco sobre las arterias principales. Hay espacio para abandonar el lugar y enfilar hacia los puntos de reunión previstos. Ruiz Moscatelli dispone derribar el muro de las Monjas Inglesas e iniciar la salida por allí.
En el Peugeot 404 abarrotado de armas que lleva Landerretche suben dos hombres de su aparato, el jefe de la defensa de la casa presidencial, Francisco Argandoña, otro miembro del GAP y el capitán del Ejército cubano.
Tras suyo, montan un Fiat 600 otros tres hombres, incluido Max Ropert, el otro hijo de la Payita. En una camioneta roja parte Francisco Valiente, que debe pasar a dejar a su hijo adolescente antes de dirigirse hacia el sur. La ambulancia estacionada en la casa presidencial sirve de transporte a otro grupo.
Los vehículos salen sucios y golpeados, y se dispersan para evitar que los siga algún helicóptero.
El grupo comandado por Landerretche llega al Hospital Barros Luco a pie, tras haber dejado los autos a cierta distancia. Nadie se une a ellos en la brava caminata; nadie ofrece ayuda, nadie los felicita. Están solos, en un sector donde suponían tener fuerza política. Cuando ingresan, el portero les informa que los médicos están celebrando el golpe militar. Landerretche y Argandoña lo envían a decirles que tienen diez minutos para irse.
Pero, en verdad, no pueden hacer nada. Para ese momento, ya han perdido contacto con la dirección del Aparato Militar y, por lo que saben, no podrán retomarlo: el Aparato se está replegando en dirección al sur, a través de La Legua. En el Barros Luco los espera su contacto, Carolina Huife, que los lleva a una casa de seguridad en la zona de Macul.
En la casa de Tomás Moro, algunos vecinos se asoman por los portones. Muchos se habrían declarado allendistas el día antes. Algunos proceden de casas cercanas, típicas de clase media; otros vienen de poblaciones precarias instaladas en los baldíos cercanos. Las diferencias de clase desaparecen ante la casa humeante y solitaria: en cuanto constatan que no hay riesgo, los vecinos se precipitan a saquear lo que queda en pie.
Es el rostro sardónico de la derrota.
12.45 horas
Indumet, Cordón San Joaquín
El ajetreo en Indumet es febril. La Fuerza GEO ya se ha instalado y algunos de sus miembros se dedican a instruir a los obreros en el uso de las AK-47. También arriban el auto de Investigaciones cargado de metralletas y un pequeño grupo de los GAP.
Luego entran los autos de la Comisión Política del MIR, con Miguel Enríquez, Bautista van Schouwen, Humberto Sotomayor, Andrés Pascal, Arturo Villavela, Roberto Moreno y el escolta Manuel Ojeda. Y después, Víctor Díaz, subsecretario general del PC, y el ex ministro comunista José Oyarce; y los miembros de la comisión política del PS Hernán del Canto, Rolando Calderón, Exequiel Ponce y Ariel Ulloa.
El hombre del PC lleva el mandato de informar que su dirección ha decidido no intentar ningún tipo de defensa armada; han llegado a la convicción de que los militares controlan todo el país y que no hay ninguna unidad leal al gobierno. Dado ese cuadro, el PC ha decidido iniciar un "retroceso ordenado", en el que esperará a ver qué medidas institucionales adopta el nuevo régimen, con el Parlamento, los sindicatos, los medios de comunicación, los partidos políticos...
La jefatura del MIR declara que está iniciando consultas con diversos "agentes" (¿infiltrados militares?); por de pronto, tiene dos problemas: la coordinación de sus cuadros y la ubicación de armamento. Y aún no ha podido resolver ninguno.
Del Canto informa que el secretario general del PS ha ordenado el repliegue del Aparato Militar, en vista de la magnitud del despliegue castrense y del hecho de que el Presidente decidió permanecer en La Moneda.
Camú y los otros jefes del Aparato Militar se miran. No, no es posible replegarse sin ofrecer apoyo al Presidente. Si él está luchando, los socialistas deben ir a defenderlo. Del Canto insiste: el Presidente ha dicho que no saldrá del Palacio, y por lo tanto tampoco aceptará ser "rescatado". Los militares han concentrado sus fuerzas en el centro: es imposible que un puñado de hombres pueda derrotarlos allí. El bombardeo ya lo ha demostrado. Pero Camú no cede. Muy bien, dice Del Canto; volverá a informar de esto a Altamirano.
Para los hombres del Aparato Militar, y para los del GAP, el dato sustantivo es la situación de La Moneda. Antes de salir de la casa presidencial, Ruiz Moscatelli ha hablado con Allende por teléfono: tiene la certeza de que luchará hasta que pueda. Su deber es estar junto al
Presidente. Y he aquí que, inesperadamente, Camú logra comunicación con uno de los teléfonos del Palacio, que atiende Coco Paredes.
-Comandante Agustín -dice Paredes, utilizando la chapa del jefe militar socialista-, La Moneda sigue resistiendo, pero la situación es muy difícil. ¿Cuándo van a venir a sacar al Presidente?
Camú acepta la propuesta. Sabe que contraría la instrucción de Altamirano y que rompe con la línea del partido. Su prioridad es estar junto a Allende.
El jefe militar socialista pregunta a Miguel Enríquez cuánto podrá aportar su movimiento a este intento desesperado. La respuesta es poco alentadora: la fuerza central del MIR, integrada por unos 50 hombres bien entrenados, podría constituirse, quizás, alrededor de las 16 horas. Por ahora se encuentra dispersa.
Aun así, Camú dibuja un mapa sobre un papel e improvisa un plan: la Fuerza GEO del PS y el GAP
avanzarían por Santa Rosa; la fuerza central del MIR, por San Diego o Arturo Prat. Caerían sobre La Moneda directamente por el acceso de Morandé 80, con la protección de los tiradores de Obras Públicas.
Enríquez admira la asertividad de Camú y su precisión para impartir órdenes. Parece que la desesperación estuviese fuera de su repertorio de emociones.
Piensa que, de todos modos, con Camú al frente de un PS militarizado, será muy fácil para el MIR desarrollar una alianza estratégica. El soñado "polo revolucionario" se puede estar originando en este mismo instante, dejando por fin atrás toda esa politiquería de salones y de instituciones burguesas en que ha vivido la UP.
Pero por ahora debe cumplir otra tarea: consultar a su Comisión Política sobre el rescate de Allende. Enríquez vive un desgarro semejante al de sus amigos socialistas: debería alegrarse de que la "vía institucional" de la UP fracase de una vez, avanzando hacia la agudización de
las contradicciones que tanto han deseado; pero la imagen de Allende combatiendo a solas en el Palacio lo incita a ayudarlo y dar la pelea con él.
Están en esa deliberación cuando un obrero se asoma a la pequeña oficina que les ha cedido el interventor Sócrates Ponce:
-¡Estamos rodeados! -grita.
Camú sale a organizar la defensa. Por las calles Nueva Macul, Santa Ana y Rivas se despliegan unos cien carabineros, que han llegado en cuatro buses. Los oficiales buscan techos para apostarse en las viviendas cercanas y comienzan a disparar hacia el galpón principal. Los obreros responden el fuego.
Una pregunta queda sin respuesta: ¿Cómo llegó la policía hasta un lugar tan escondido, en calles tan pequeñas? ¿Cómo supo de la importancia de Indumet? El misterio durará 30 años.
Y la respuesta está en el vecindario: un comerciante ha ido en la mañana a dar aviso a la 12ª Comisaría de que en la industria hay un gran contingente armado. El hombre encarna el intenso rencor de miles de pequeños comerciantes con un gobierno que los ha sometido al escrutinio, a veces vejatorio, de las Juntas de Abastecimiento y Precios (JAP): Y los carabineros, que lo saben, han mandado una simple patrulla, que ha sido recibida por los obreros con imprecaciones y con un disparo accidental al aire. Ahora han llegado los refuerzos. El comerciante tendrá que bajar las cortinas del negocio, tenderse en el piso y soportar la balacera que se desata a su alrededor. Se acompañará con una botella de pisco.
Pascal propone a los jefes del MIR salir por detrás de la industria y volver a la casa de Gran Avenida donde se acuartela la Comisión Política. Cuando inician la retirada, Manuel Ojeda es alcanzado por las balas de la policía; es el primer caído del MIR.
Mientras la refriega de Indumet se prolonga, la jefatura del MIR rechaza la propuesta de Enríquez. El bombardeo de La Moneda, argumentan, ha demostrado que los militares siguen una estrategia de aniquilamiento. Intentar un golpe de audacia sería suicida. El MIR debe
concentrarse en su red clandestina e iniciar la construcción del "poder popular" a largo plazo.
Al menos para el MIR, el bombardeo de La Moneda ha funcionado exactamente como esperaban los militares: como una señal tajante de su determinación.
13.00 horas
La Moneda, ala nororiente
Aunque contraría los íntimos deseos de Enríquez, la decisión del MIR es más razonable de lo que parece. La situación de La Moneda se ha deteriorado aceleradamente y no es posible que la ayuda alcance a asomarse.
En el sector de la Intendencia de Palacio, donde están las cocinas, el periodista Augusto "Perro" Olivares, que ha vivido estas horas con una angustia inaguantable, se sienta en el suelo, seguro de que no haya nadie cerca. Acomoda su metralleta UZI en la sien, cuidando de que quede en perfecta línea recta, y dispara. Sigue en esto las recomendaciones que le ha dado el doctor Bartulín, cuando Olivares le ha preguntado por la manera más segura de ultimarse . Un disparo en el mentón, ha dicho el médico,
puede pasar entre los hemisferios cerebrales sin causar la muerte; un tremendo daño, sin eficacia. Lo más seguro es un tiro en la sien, siempre que sea completamente perpendicular...
Su amigo, el periodista Negro Jorquera, va a refrescarse a un lavatorio cercano cuando oye un ruido que sobrepasa al bullicio ambiental. Buscando su origen, es el primero en ver al "Perro" con el cráneo destrozado, respirando dificultosamente, caído hacia un costado. Corre en busca de ayuda. La voz se repite de cuarto en cuarto, hasta que llega al Presidente y los doctores Arturo Jirón y Oscar Soto. Todos se precipitan al lugar. El doctor Jirón levanta la cabeza del periodista y la pone en su regazo, con la esperanza de reavivarlo. Olivares muere en sus brazos. El semblante del Presidente se descompone.
Los anonadados funcionarios presencian el llanto desgarrador del Negro:
-¡Se mató el Perrito! ¡Mi hermano! ¡Perrito! -el joven Puccio lo ve golpearse la cabeza contra un muro- ¡Hasta cuándo, mierda! ¡Perro, hermano!
Olivares había tenido una notable carrera como periodista político, especialidad en la que había sido reconocido como uno de los mejores del país. En una época en la que el compromiso partidista de los periodistas no sólo no era objetado, sino que a menudo parecía una necesidad, Olivares fue dejando el oficio para dedicarse cada vez más a las tareas de la UP.
Pese a ello, no pudo perder su lucidez de cronista. Y lo que ella le indicaba, cada nueva semana, cada nuevo mes, era que el gobierno estaba crecientemente amenazado. Sentía que la UP se hallaba en un callejón sin salida. En La Moneda se ha mostrado ansioso y pesimista.
Temprano en la mañana le propuso al Negro que cada uno guardase una última bala para acabar con el otro.
Olivares era un verdadero existencialista; su humor negro espantaría siempre la peste del optimismo. No había tenido hijos con la actriz Mirella Latorre -la más popular de aquellos días-, no había reunido riqueza y no le interesaban las glorias personales. Leonardo Cáceres lo había oído definirse como "un hombre terminal":
-Cuando yo muera, no va a quedar nada. No tengo hijos, no tengo propiedades, no tengo nada. Ni el perro de la casa es mío: es de la Mirella.
La noticia de su muerte inocula un ambiente siniestro entre los defensores de La Moneda, que hasta ese momento parecían imantados por una épica del destino colectivo. El más individual de los actos, el suicidio, introduce la primera duda en esa entereza. Todos los testigos recuerdan que el propio Allende cambia a partir del suicidio del "Perro". Algo tan profundo se desmorona en su interior, que hasta Jorquera le pedirá disculpas por llorar tanto.
La muerte del "Perro", según los presentes, tiene un efecto notorio: el Presidente comienza a considerar la rendición.
13.15 horas
La Moneda, ala nororiente
El ministro Flores, que ha estado en un nervioso y permanente trajín telefónico con el Ministerio de Defensa, llama al general Baeza para proponer que una comisión negociadora vaya hasta ese edificio a fijar los términos de la rendición. El general consulta con Carvajal. Baeza es partidario de hacer el intento y Carvajal acepta: un vehículo militar irá a buscar a los negociadores.
Flores estima que debe acompañarlo el subsecretario del Interior, Daniel Vergara. El secretario Puccio, que se entera de la propuesta, cree que debe ir también un hombre de la confianza personal del Presidente; Flores no lo es. El doctor Soto opina que debe ser el mismo
Puccio, que meses antes ha sufrido un infarto.
Los tres funcionarios buscan a Allende. El doctor Jirón se les une justo cuando divisan al Presidente tendido junto a una ventana, disparando. Jirón se arrastra hasta él y lo toma de un tobillo.
-¡Déjame, conch'etumadre! -grita Allende, furioso, hasta que ve al médico-: Ah, eres tú, Jironcito...
Los dos reptan hasta el centro del cuarto. Debajo de una gran mesa, Flores, Vergara y Puccio plantean la propuesta de negociar. Allende vacila; es ostensible que la idea lo irrita. Pero al fin, como en un soliloquio, comienza a describir las condiciones: que cesen de inmediato los bombardeos sobre las poblaciones (es lo que se rumorea en Palacio: que hay ataques por
doquier); que se constituya un gobierno militar sin civiles; y que se respeten las leyes y conquistas sociales.
Los tres emisarios regresan al teléfono para acordar con Baeza el momento de la salida. Puccio le anuncia al general que lo acompañará también su hijo, que es un estudiante. Baeza da una sola instrucción: deben salir con una bandera blanca.
Es claro que ni Baeza ni Carvajal han consultado con Pinochet. Este llama en esos momentos:
-Habla Augusto a Patricio, habla Augusto a Patricio. Oye, dime cómo va el ataque a La Moneda, porque me tiene muy preocupado.
-En La Moneda, han llamado por teléfono... eh -vacila Carvajal-. Flores, el ex ministro Flores... y Puccio, el secretario del Presidente, manifestando su intención de salir por la puerta de Morandé 80 para rendirse. Se les ha indicado que deben venir... deben salir enarbolando un trapo blanco para cesar el fuego. Esto se le ha comunicado al general Brady y al general Arellano. Eh...la idea es nada de parlamentar, sino que tomarlos presos.
-Conforme. Y otra cosa, Patricio. Es interesante que hay que tenerle listo el avión que dice Leigh. Esta gente llega ahí y ni una cosa: se toman, se suben arriba del avión y parten, viejo... Con gran cantidad de escolta.
-La idea sería tomarlos presos no más por el momento -tantea el almirante-. Después se verá si se les da avión u otra cosa, pero, por el momento, la idea es tomarlos presos.
-Pero es que si los juzgamos les damos tiempo, pues insiste Pinochet-. Y es conveniente... lo que creo... es motivo para que tengan una herramienta para alegar. Por último, se les pueden levantar hasta las pobladas para salvarlos. Creo que lo mejor... consúltalo con Leigh. La opinión mía es que estos caballeros se toman y se mandan... a dejar a cualquier parte. Por último, en el camino los van tirando abajo.
Las risas estallan en el puesto de radio de la Escuela Militar. Se escucha un comentario irrespetuoso: "Este sí que es facho, huevón".
-Bien -dice Carvajal-, lo voy a consultar con Leigh.
En los minutos siguientes, Carvajal consultará a Leigh y Pinochet sobre quiénes podrán irse con Allende. El único autorizado será Puccio. Los demás, presos.
La evolución de las órdenes radiales es un hecho central en esta mañana, aunque pocos estén en condiciones de evaluarlo.
Así lo nota el historiador James Whelan, que advierte que el tono de Pinochet va "haciéndose cada vez más perentorio, y sus órdenes más indiscutibles", mientras que Leigh no cede terreno, sino que "más bien se adelanta a Pinochet". Nadie más brilla en el firmamento hertziano del golpe de Estado: sólo los jefes del Ejército y la Fach. El almirante Merino está demasiado lejos para terciar en este gallito. En muy poco rato más Pinochet comenzará a tomar decisiones organizativas que ya insinúan dónde se radicará el mando superior.
Desde entonces no habrá más consultas, ni a Leigh ni a Merino. ¿Y en el Ejército? Esa es otra historia.
13.30 horas
Regimiento de Telecomunicaciones, Peñalolén
Pinochet vuelve a comunicarse con el almirante Carvajal. Sigue impaciente por la situación del Palacio de gobierno, que parece querer concluir de una vez. Pero ahora tiene un tema adicional:
-Aló, Patricio. ¿Me oyes, Patricio? Aló, Patricio, ¿me oyes?
-Sí, te escucho bien. Adelante.
-Lo siguiente: la embajada cubana está rodeada porque dispararon con una ametralladora. En consecuencia, hay que avisarle al embajador, llamar por teléfono y decirle lo siguiente: dispararon sobre la tropa. En consecuencia, para evitar problemas internacionales, se servirá
considerar que tienen de inmediato un avión a disposición para que se manden cambiar para su país. Y rompemos relaciones con Cuba. Punto.
¿Qué ha ocurrido? En la pequeña calle Los Estanques, a metros de Pocuro con Pedro de Valdivia, la embajada de Cuba se ha estado preparando desde temprano para un eventual ataque. El barrio le es hostil: numerosos dirigentes de derecha viven en el vecindario, y algunos grupos -que según presumen serían de Patria y Libertad- se han estado acercando en forma agresiva, incluso bloqueando los accesos.
En la mañana, han traspuesto esas barreras, en una camioneta del Ministerio de Vivienda, los dirigentes del MIR Andrés Pascal y Arturo Villavela, en busca de armas. Los miristas saben que un sótano está abarrotado de AK-47. Pero el jefe político de la embajada, Ulises Estrada, que encabeza la representación del DOE, se ha negado a entregarlos: considera que la camioneta en que se movilizan no ofrece seguridad y puede poner en peligro la "neutralidad" formal del territorio diplomático. Pascal y Villavela se han ido frustrados.
Estrada tiene instrucciones precisas de Fidel: no deben hacer nada que vaya contra la política de Allende, aunque han de resistir en el recinto. Como en esos momentos Castro está de visita en Vietnam, la imagen que utiliza es local: Quang Tri, la ciudad que soportó uno de los mayores bombardeos norteamericanos en 1972. En el patio de la embajada, los funcionarios se han pasado la mañana quemando documentos. Un solo chileno los acompaña: el ex GAP Max Marambio.
Después del bombardeo a La Moneda, una compañía de la Escuela Militar ha cercado la embajada. Algunos soldados se han asomado al estacionamiento: según versiones de vecinos, allí se ha refugiado Altamirano, que empieza a ser el hombre más buscado. Dos cubanos les han disparado, sólo para intimidarlos. La reacción ha sido una balacera informe, que al menos ha tenido la
virtud de ahuyentar a los curiosos.
Y ahora, tras la instrucción de Pinochet, el almirante Carvajal llama al embajador y le advierte que la Junta no tolerará agresiones desde su residencia. El embajador responde en términos diplomáticos: el derecho internacional garantiza su inmunidad y derecho a defenderse.
Poco después llama el general Benavides, desde la Escuela Militar, para anunciar que los militares no han querido emplearse ante la legación, pero que tras la agresión van a empatar el nivel de fuego, con las consecuencias que el señor embajador podrá imaginar.
García Incháustegui instruye a sus 119 funcionarios para que preparen la defensa del lugar. Es una fuerza inusitada para una representación diplomática; y más, si se considera que a lo menos 43 pertenecen al DOE y están allí con funciones militares.
La intervención de Fidel Castro en la política chilena supera con largueza en números, aunque no en eficacia, a la de la embajada de Richard Nixon.
13.50 horas
La Moneda, ala nororiente
El secretario del Presidente amarra el delantal de un médico a un trozo de madera. Abre lentamente la puerta de Morandé 80 y lo asoma; varios disparos lo perforan. Puccio regresa al teléfono para reclamar a Baeza que no se está cumpliendo la tregua.
La demora empeora las cosas. El fuego se extiende, el humo asfixia, las balas pululan. Al fin, un transporte semiorugas se estaciona ante Morandé 80.
Los tres políticos, el joven Osvaldo Puccio y el funcionario del Ministerio del Interior Francisco Javier Hurtado -que se suma intempestivamente al grupo, siguiendo a Vergara-, suben a la rampa descubierta del vehículo. Algunos funcionarios de Obras Públicas, que tras el
bombardeo se han aventurado a subir desde el subterráneo al primer piso, contemplan la maniobra y se indignan. Creen que se están entregando. Puccio explica a gritos que van por orden del Presidente:
-¡Sale p'allá, conch'etumadre! ¡Cómo se va rendir el Chicho! ¡Traidores de mierda!
El transporte gira por la peligrosa esquina de Moneda, infestada de francotiradores, y enfila hacia el Ministerio de Defensa. Flores, Vergara y Puccio son conducidos a la oficina de Carvajal, donde también los esperan los generales Baeza y Nuño. Osvaldo Puccio hijo y el funcionario Hurtado quedan en una sala de espera.
Nada se sabe en La Moneda de la gestión negociadora mientras prosigue el combate. Los techos se desploman y el incendio avanza. El fuego de las baterías ya remece los muros de las fachadas norte y sur. Minutos después, el inspector Seoane atiende una llamada en el citófono de su oficina, que lo comunica con el Cuartel Central de Investigaciones. Es el prefecto René Carrasco, que ha quedado a cargo de la policía civil por instrucciones de la Junta. Quiere saber cómo están el Presidente y los detectives de La Moneda.
Seoane da un breve reporte y Carrasco le informa que los militares dominan el país, que quedan pocos bolsones de resistencia, prontos a caer, y que es iluso esperar cualquier asistencia. Le pide que haga al Presidente un ofrecimiento: él puede pedir una tregua a los militares para que los ocupantes del Palacio salgan, rendidos.
Seoane lleva la proposición a Allende; en el camino encuentra a Coco Paredes, y se la transmite. Paredes habla con el Presidente; Seoane contempla a cierta distancia su negativa tajante; pero también ve que, tras un controlado intercambio, el Presidente asiente.
Paredes recorre las habitaciones:
-¡Orden de rendirse! ¡El Presidente ordena rendirse!
Por otros sectores, Allende repite lo mismo.
-¡Ríndanse! ¡Esto es una masacre!
Los defensores se ordenan en dos filas: en el primer piso, la mayoría de los médicos; desde el segundo, los funcionarios y altos dirigentes. Allende anuncia que se pondrá al final y ordena que "Payita" vaya al comienzo.
En ese instante, Coco Paredes le entrega el Acta de la Independencia; la Payita se ha puesto la chaqueta del "Perro" Olivares, con la esperanza de entregársela a Mirella Latorre, y ahora guarda la pieza histórica enrollada en una manga.
Aparentemente, el mismo Paredes llama luego al general Baeza para pedir el cese del fuego, que ha vuelto a intensificarse. El Presidente, dice, se va a rendir, y requiere un vehículo para salir.
14.00 horas
Ministerio de Defensa
Flores, Vergara y Puccio son conducidos a la oficina del almirante Carvajal, que los espera con los generales Díaz Estrada y Nuño. Este último tiene un gesto amistoso con Puccio:
-En cuanto esto termine mando a tu cabro a la casa...
Es el único que recibe cierta deferencia de los oficiales. Flores y Vergara son increpados por el almirante Carvajal y el general Díaz Estrada. Puccio interviene para hacer notar que vienen como parlamentarios, e insta a Flores para que explique las condiciones del Presidente. El almirante y los generales salen a consultar al Puesto Uno, y regresan con la respuesta: "Rendición incondicional.
Avión para el Presidente, su familia, Puccio y los ministros Briones y Letelier. Los demás, presos".
Puccio comienza a escribir estas reglas cuando entra el general Baeza.
-Ya no hay nada que hacer -dice el general-. El Presidente se rinde.
Flores, Vergara, Puccio y su hijo son conducidos al subterráneo en un ambiente extraño. Un oficial los hace levantar las manos, el general Nuño se las baja; un militar es amable con los prisioneros, otro tapa de burlas al subsecretario Vergara.
En el quinto piso, los altos jefes deliberan. El general Palacios debería alcanzar La Moneda para recibir la rendición de Allende. Pero la información que llega desde la calle es que el fuego de francotiradores es ahora más fuerte que nunca. Carvajal ordena que se informe de esto a través de la cadena radial.
-El señor Allende -lee el teniente coronel Guillard ha dado a conocer su intención de rendirse y pide para ello cinco minutos de cese del fuego. Esta condición es imposible, porque no termina la acción de fuego de personas ubicadas en edificios colindantes a La Moneda. Habrá nuevas informaciones en breves minutos más.
Los hombres del GAP parapetados en Obras Públicas mantienen a raya a las fuerzas de la Escuela de Suboficiales que se acercan desde la Alameda, y a los soldados del Regimiento Buin que tratan de tomar Morandé. El general Palacios, siguiendo las operaciones desde la Intendencia, ordena que uno de los tanques del Blindados gire hacia Morandé y abra fuego de ametralladoras
contra Obras Públicas. Esa acción obliga a los tiradores del GAP a modificar sus posiciones; la intensidad del combate disminuye.
Desde la Academia de Guerra Aérea, Leigh se muestra impaciente. Ofrece poner un helicóptero en la Escuela Militar y desde allí llevar a Allende y su familia hasta Los Cerrillos, para embarcarlo en un DC-6 que está preparado. Y fija un límite: cuatro de la tarde. "¡Y ni un minuto más!".
-¿Me escuchas, Patricio? -interviene Pinochet-. ¿Se fue ya el señor Allende?
-Algunas personas están saliendo -dice Carvajal-. Yo mandé personal de Inteligencia a investigar los nombres de los más importantes que están saliendo de ahí.
-Escucha, Patricio, otra cosa. Creo que los tres comandantes en jefe y el general director de Carabineros deben reunirse para emitir una declaración conjunta. En ese caso, el señor Allende...¡fuera!
-Estamos preparando la información para anunciar, tanto por el sistema militar de comunicaciones como por radio, que Allende se rindió, y que los otros se entreguen, que los más importantes se entreguen...
-Patricio, debe agregarse que Allende pidió dejar el país...
-Conforme. Gustavo Leigh me dice que va a poner un helicóptero para llevar a la familia de Allende a Cerrillos, de manera que pueda tomar el avión y partir antes de la cuatro de la tarde.
-Conforme, conforme. Después de las cuatro, yo creo que alrededor de las cinco y media, es buena hora para la reunión de los comandantes en jefe y el general director de Carabineros.
-¿A qué hora quieres tener la reunión?
-Yo creo que deberíamos citarla para las cuatro... alrededor de las cinco o seis -Pinochet se ríe de su propia vacilación-: ¡Puf, amigo...!
-Bien -dice Carvajal, riendo también-. Tenemos una reunión de comandantes en jefe en el ministerio.
¿Comprendido?
-No -corrige Pinochet-. Tiene que ser acá arriba.
-¿Quiere decir que la reunión va a ser en Peñalolén?
-Sí, en el cuartel general...
Por primera vez en el día, Pinochet marca la entera propiedad del movimiento. La reunión más importante del día, en su terreno. Más tarde se demostrará inviable que los jefes militares lleguen a Peñalolén, pero la reunión se realizará en la Escuela Militar.
14.20 horas
La Moneda, ala nororiente
Casi al unísono, el general Palacios decide que es el momento de concluir la refriega con la toma del Palacio.
Un primer grupo de soldados es enviado a derribar la puerta de Morandé 80. No necesitan hacerlo: a la primera patada se abre, libre de pestillos interiores.
El Presidente se reúne con todo el personal que queda en La Moneda en un pasillo del segundo piso. La balacera continúa, pero se organiza la salida. Los doctores Soto y Bartulín, el Negro Jorquera, los GAP Pablo Zepeda y Juan José Montiglio y el detective Eduardo Ellis reposan en el rellano de la escala que da al primer piso, con las armas apoyadas en la pared.
Ellis se acerca con un delantal blanco hasta la puerta y se asoma. Mientras un soldado lo toma en el exterior, otra veintena irrumpe en el edificio, al mando de un oficial. Los cinco hombres son sacados hacia la calle y empujados al piso. El oficial levanta de un tirón al doctor Soto y le pregunta cuánta gente queda arriba. El médico da una respuesta confusa; el oficial le ordena regresar y advertir que hay
diez minutos para salir .
Soto salta los escalones. Ve a Allende despidiéndose de sus acompañantes.
-¡Presidente! -grita-. ¡El primer piso está tomado por militares! ¡Dicen que deben bajar y rendirse!
-¡Bajen todos! -replica el Presidente, taxativo-. ¡Dejen las armas y bajen! Yo lo haré al último...
Y sigue saludando. En los hechos, va retrocediendo; pero la mayoría cree que ello simplemente se debe a su decisión de ir al final. Cuando se acerca al Salón Independencia, Enrique Huerta le oye -o cree oírlo- decir: "Allende no se rinde".
Desde el centro de la procesión se devuelve el doctor Guijón, que quiere llevar, como recuerdo para sus hijos, una máscara antigás. Ante el Salón Independencia oye un ruido seco. Con cierto automatismo, se asoma; alcanza a ver la contorsión hacia arriba del Presidente, que acaba de disparar el fusil-ametralladora desde el mentón hacia arriba. Con el instinto del médico, se
acerca al cuerpo y toma el pulso. A su alrededor sólo hay rugidos: balazos, incendio, gritos.
El detective David Garrido ve la escena junto a Enrique Huerta, que no se contiene:
-¡El Presidente ha muerto! ¡Viva Chile, mierda, viva Allende! -y coge la metralleta que ha dejado de lado, dispuesto a seguir luchando.
Ricardo Pincheira se la quita. Delante suyo, Arsenio Poupin saca un revólver de su camisa y trata de ponerlo sobre su sien. Otros hombres se lo arrebatan.
Siguiendo la tradición de guerra del Ejército chileno, Palacios estima que un general debe situarse en la vanguardia. En los alrededores no hay otro que él mismo. A saltos, cruza Morandé con una metralleta en ristre, y entra al Palacio cuando los prisioneros ya se agolpan en la vereda poniente.
Palacios busca un objetivo principal: el Presidente. Pregunta por él en el primer piso, y trepa a toda velocidad las escalas hacia el segundo. Entonces, un GAP rezagado asoma desde una sala y dispara una ráfaga. Un balazo rebota en un muro, pega en el casco del teniente Iván Herrera y rasga una mano del general Palacios. El teniente de Inteligencia Armando Fernández Larios, enviado a identificar a los defensores del Palacio, pasa su pañuelo al general para que lo use como venda.
El general avanza recorriendo las habitaciones, hasta que un subalterno le avisa que dos soldados han hallado un cuerpo en el Salón Independencia. Cuando entra, ve al doctor Guijón junto al cadáver del Presidente, al que reconoce por su macizo reloj Galga Coultre. Lo interroga brevemente, sin creerle mucho -llega a pensar que el propio doctor pudo dispararle-. Llama al oficial de radio y entrega su breve reporte al general Nuño:
-Misión cumplida. Moneda tomada, Presidente muerto.
A las 14.38, Carvajal informa a Pinochet y a Leigh.
LA TARDE BOCA ABAJO
Mientras Pinochet comienza a imponerse dentro de las FF.AA., un grupo de miembros del GAP, del aparato militar del PS y la directiva del MIR se reúnen en la fábrica Indumet para decidir qué hacer. Sorprendidos por Carabineros, librarán un extenso y encarnizado enfrentamiento que hasta ahora había permanecido inédito. En el centro de Santiago, los principales colaboradores de Allende son detenidos.
14.30 horas
La Moneda, calle Morandé
Los hombres de La Moneda son empujados y golpeados por los soldados en su caótica salida de Morandé 80. El detective Eduardo Ellis protesta contra el exceso mientras cae al suelo con las manos en la nuca. La Payita es ásperamente registrada y, a pesar de sus gritos, un conscripto rompe en pedazos el Acta de la Independencia que guardaba en la chaqueta del "Perro" Olivares. Juan Osses se desprende de las cartucheras que delatan que ha estado disparando un fusil SIG de Carabineros. El doctor Oscar Soto siente que sobre sus cabezas caen trozos de los muros desprendidos con los disparos.
De pronto les ordenan tenderse en la vereda, con las cabezas sobre la calzada. A unos metros, el tanque, circundado por conscriptos en cuclillas, continúa disparando hacia el Ministerio de Obras Públicas, de donde salen tiros frecuentes.
El tanquista se impacienta y grita hacia las altas ventanas: si no paran de disparar, pasará el tanque por sobre las cabezas de los prisioneros. La oruga se mueve con un salto hacia delante, acercándose a Juan Osses, el primero de la fila. A pesar del ruido infernal, los tiradores del GAP entienden la amenaza y cesan el fuego.
Cuando el general Palacios sale de La Moneda, oye a un oficial entusiasmado con el susto que está dando a sus prisioneros:
-¡Permiso, mi general, para pasarles el tanque a estos huevones!
Palacios lo mira con enojo, como si oyera una demencia. La idea no se repite más.
Los soldados sacan desde el interior a la secretaria Marta Silva, a la que han encontrado oculta y llorando. Palacios le pide que se identifique y ordena liberarla. En el intertanto, el general ha pedido la concurrencia de ambulancias: deben retirar a los dos heridos del GAP.
Y he aquí que, de pronto, otro de los guardias, Renato González, se retuerce de dolor. Los militares autorizan al doctor Patricio Arroyo, nefrólogo, para que le haga un rápido examen callejero: peritonitis, dice el médico, y el general ordena que sea llevado por las ambulancias.
En el medio de la confusión aparece en uniforme de combate el dentista del Ejército Jaime Puccio, que busca a su primo, el secretario del Presidente. Cuando ve a la Payita, le recomienda en voz baja que simule estar enferma. Ella finge un vahído, y Palacios instruye que sea llevada al Hospital Militar.
Entran dos ambulancias por Morandé. Los camilleros cargan a los heridos. En el otro vehículo sube la Payita. Pero no van al Hospital Militar, sino a la Posta Central, donde recibirán asistencia de urgencia.
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